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El síndrome del principito

Llega un cliente y solicita un logotipo, describe su negocio, habla de sus valores, menciona algunos ejemplos que le gustan y comparte una lista de características: Moderno, profesional, dinámico, elegante. diferente, el diseñador toma notas, investiga, desarrolla conceptos y presenta una propuesta cuidadosamente construida. Pero al verla, el cliente responde: —No es eso. Entonces comienzan los ajustes. —Más dinámico, más moderno, más colorido, más grande de aquí, más pequeño de allá, algo no me convence. Y así inicia una serie de cambios donde, muchas veces, ni el propio cliente puede explicar con precisión qué está buscando. El verdadero problema no es el diseño Con los años he descubierto que en estos casos el problema rara vez es el diseño. El problema es que existe una imagen en la mente del cliente que todavía no tiene palabras. Puede sentirla, puede imaginarla, puede reconocerla cuando la vea, pero no puede describirla, ets como el borrego del Principito. Sabe que existe, pero nadie más puede verlo. Cuando el diseñador se convierte en traductor Una parte importante del trabajo del diseñador consiste en interpretar. No solamente diseñamos logotipos, páginas web o identidades visuales. También traducimos ideas incompletas, intuiciones, emociones y expectativas. A veces el cliente llega con un concepto muy claro. Otras veces llega únicamente con una sensación y el proceso de diseño consiste precisamente en transformar esa sensación en algo visible. Por eso no siempre basta con seguir una lista de instrucciones. Hay ocasiones en las que el diseñador debe descubrir aquello que el cliente intenta decir sin encontrar las palabras adecuadas. El momento de la caja Curiosamente, después de varios intentos suele ocurrir algo extraño. En un momento de cansancio, intuición o simple experimentación, aparece una propuesta completamente diferente a las anteriores, no necesariamente es la más lógica, no necesariamente era la favorita del diseñador. Pero el cliente la observa y dice: —¡Esa es! Sus ojos se iluminan. Por fin encontró aquello que llevaba días intentando describir. Y en ese momento entiendes que durante todo el proceso no estabas diseñando un logotipo, estabas buscando el borrego dentro de la caja. El síndrome del Principito Hace años empecé a llamar a este fenómeno «el síndrome del Principito». No como una crítica hacia los clientes, todo lo contrario. Es una forma de describir una situación que nos ocurre a todos. Todos tenemos ideas que somos incapaces de explicar, hemos intentado comunicar una imagen que sólo existe dentro de nuestra cabeza, todos hemos buscado palabras para algo que únicamente podemos reconocer cuando lo vemos. El cliente no siempre necesita un diseñador que dibuje exactamente lo que pide, a veces necesita alguien que descubra lo que realmente está tratando de imaginar. Reflexión final Quizá una de las habilidades más importantes en el diseño no sea dominar un software, conocer las tendencias o construir una identidad visual impecable. Quizá sea escuchar lo que el cliente dice y también lo que no sabe decir. Porque algunas veces el mejor diseño no es el que más nos gusta como diseñadores. Es el que logra mostrarle al cliente el borrego que llevaba dentro de la caja desde el principio.

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