Alguna vez todos fueron niños

Hay lugares donde la ciudad parece mirarse al espejo y no reconocerse. Uno de ellos está en el Centro Histórico de la Ciudad de México, entre La Lagunilla y el Zócalo. Basta con que camine por las calles que rodean la Secretaría de Educación Pública para encontrarme con cuerpos tendidos sobre cartones, cobijas ennegrecidas por el polvo, rostros consumidos por el cansancio y miradas que parecen haber dejado de esperar algo. Es imposible no sentir la contradicción. A unos metros del edificio que lleva el nombre de la educación pública, decenas de personas sobreviven en la calle. No habitan una casa. No tienen una puerta que cerrar por la noche. Su techo es el cielo, las banquetas son su dormitorio y las paredes del gobierno se han convertido en el telón de fondo de una pobreza que ya casi nadie mira. Miles de personas pasamos por ahí todos los días.

Comerciantes que buscan mercancía para vender en sus colonias, trabajadores que llegan tarde a la oficina, estudiantes, policías, turistas, padres con sus hijos. Todos aprendimos el mismo movimiento: esquivarlos sin detenernos, sin mirar demasiado, como si dejar de verlos fuera suficiente para hacerlos desaparecer. Pero siguen ahí. Y entonces me surge una pregunta incómoda: ¿cómo llega una persona hasta ese punto? No me interesa una respuesta rápida ni quiero la explicación sencilla que tranquiliza la conciencia: «es un drogadicto», «es un alcohólico», «no quiso trabajar» o «no le echó ganas». Esas solo son frases que sirven para terminar una conversación, pero no para comprender una vida. Ninguna vida cabe dentro de una etiqueta. Tal vez alguien perdió el empleo después de veinte años, a lo mejor una enfermedad acabó con sus ahorros, o bien una deuda hipotecaria terminó llevándose la casa donde crecieron sus hijos.

Es posible que una separación familiar haya roto el último vínculo que los mantenía de pie, o que una adicción apareciera como refugio y terminara convirtiéndose en prisión. De pronto la enfermedad mental nunca fue atendida. Quizá nadie volvió a buscarlos… o tal vez sí lo hicieron, pero ya era demasiado tarde. No lo sé. Y sin embargo, sigo caminando junto a ellos como si su historia hubiera comenzado exactamente en el momento en que los vi acostados sobre una banqueta.

Pero ninguna historia comienza ahí. Antes hubo una infancia. Hubo una voz que pronunció su nombre, alguien que los cargó en brazos. ¿Los esperaban con alegría cuando nacieron? ¿Tuvieron una madre que los abrazara? ¿Conocieron a su padre? ¿Los crió una abuela? ¿Llegaron a la ciudad desde una comunidad indígena buscando una vida mejor? ¿Conservan todavía, escondidas en algún rincón de la memoria, palabras que ya nadie les escucha pronunciar? ¿Qué sueños tenían cuando eran niños? Charles Bukowski escribió una frase que me resulta imposible olvidar: «Todos esos hombres fueron niños una vez». Ahí comienza la verdadera reflexión. Porque cuando dejo de ver únicamente al hombre cubierto con una cobija sucia, pienso en el niño que alguna vez fue. Ya no me pregunto qué hizo para terminar así, me pregunto qué tuvo que ocurrir para que una vida terminara de esa manera.

¿Cómo aprende una nariz a soportar un olor que para cualquiera resulta insoportable? ¿Cómo se acostumbra la piel al frío del pavimento durante años? ¿Cómo se duerme mientras la ciudad sigue caminando alrededor? ¿Cómo deja una persona de sentir vergüenza después de pedir ayuda cientos de veces? ¿O la vergüenza nunca desaparece y simplemente aprende a convivir con ella? Pienso también en las familias. ¿Seguirá viva su madre? ¿Habrá un hermano que todavía se pregunte dónde está? ¿Un hijo adulto que, al cruzar una avenida cualquiera, pasaría junto a su propio padre sin reconocerlo? Y si lo reconociera, ¿lo abrazaría o seguiría de largo? ¿Cuántas historias familiares quedaron rotas mucho antes de que la calle apareciera? Tal vez algunos eligieron irse; otros fueron expulsados lentamente.

A veces una familia se rompe con un solo acontecimiento; otras se quiebran en silencio, durante años, hasta que un día ya no queda nadie esperando el regreso. Las drogas aparecen con frecuencia en estas historias, pero también ahí conviene hacerme otra pregunta: ¿la droga fue el principio o fue el intento desesperado de apagar un dolor mucho más antiguo? No todas las personas que viven en la calle consumen drogas, y no todas las adicciones nacen de la misma manera. Detrás de cada dependencia suele haber una historia distinta: trauma, violencia, abandono, enfermedad, desesperanza o simplemente la necesidad de encontrar unas horas de olvido.

Resulta fácil juzgar el último acto, pero qué difícil es comprender la obra completa. Mientras tanto, la ciudad sigue funcionando. Los puestos abren, las camionetas descargan mercancía, los compradores regatean el último mayoreo, los turistas toman fotografías de edificios históricos. Y, entre todo ese movimiento, decenas de cuerpos permanecen inmóviles sobre las banquetas. Estas estatuas de carne se vuelven invisibles no porque no estén, sino porque aprendimos a no verlas.

Esa es una de las formas más crueles de la pobreza: no solo perder una casa, la salud o el trabajo, sino perder la condición de ser mirado como una persona; convertirse en un obstáculo que la gente rodea sin detener el paso. Son sombras, son fantasmas. No sé cuántos de ellos lograrán salir de ahí. Me gusta pensar que alguno encontrará ayuda, recuperará un vínculo o reconstruirá parte de su vida. También sé que muchos no lo harán. Para algunos, tal vez estoy contemplando el último capítulo de su historia.

Y eso debería inquietarme, no porque pueda resolver cada una de esas vidas, sino porque me recuerdan algo que prefiero olvidar: la distancia entre una vida estable y una vida rota puede ser mucho menor de lo que imagino. Una enfermedad, la pérdida del empleo, una deuda, una adicción, la muerte de alguien indispensable, una decisión equivocada…

Una cadena de acontecimientos que nadie planeó. La calle no siempre es el resultado de un solo error; suele ser el resultado de muchas pérdidas acumuladas. Cada vez que paso por esas calles del Centro Histórico no veo únicamente personas sin techo: veo preguntas.

Preguntas sin respuesta. Y la más incómoda de todas no es qué les pasó a ellos, sino qué clase de sociedad hemos construido para acostumbrarnos a pasar junto a ellos sin detener siquiera la mirada.

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