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EL SÍNDROME DEL PRINCIPITO

Llega un cliente y te solicita el diseño de un logotipo, te da las características de lo que busca, haces algunas preguntas para aclarar el concepto, tomas nota y trabajas la idea. Días después llegas con la propuesta y dice: No, lo quiero más dinámico, mas moderno. Haces algunos ajustes para que se vea más dinámico y mas moderno; lo muestras de nuevo al cliente y dice: No, lo quiero más colorido, más grande de aquí y mas pequeño de acá.
Llega un cliente y te solicita el diseño de un logotipo, te da las características de lo que busca, haces algunas preguntas para aclarar el concepto, tomas nota y trabajas la idea. Días después llegas con la propuesta y dice: No, lo quiero más dinámico, mas moderno. Haces algunos ajustes para que se vea más dinámico y mas moderno; lo muestras de nuevo al cliente y dice: No, lo quiero más colorido, más grande de aquí y mas pequeño de acá.
Realizas los cambios sugeridos y al ver que su visión grafica es completamente ambigua a los principios y conceptos más básicos del diseño, en un momento de desesperación das el volantazo a lo opuesto como solución funcional, y entregas un logotipo que esta fuera de la estética y la lógica de cualquier persona. Sorprendentemente el cliente mira la propuesta y sus ojitos se iluminan, te felicita diciendo, me encanta. Paga tus honorarios y te quedas con un sinsabor porque no fue valorado tu propuesta inicial y el trabajo fue producto de un arranque. El cliente se va satisfecho y ese trabajo nunca lo mostraras como parte de tu portafolio.
Cuando llega un cliente con estas características suelo decir que tienen el síndrome del principito, cuando quería que le dibujaran un borreguito. Les a pasado?
La primer noche me dormí entonces sobre la arena, a mil millas de cualquier lugar habitado. Estaba realmente más aislado que un náufrago sobre una balsa en medio del océano. Se imaginan entonces mi sorpresa, al amanecer, cuando una extraña vocecita me despertó. Decía:
– Por favor… dibújame un cordero!
– Eh!
– Dibújame un cordero…
Me paré de un salto, como si hubiera sido alcanzado por un rayo. Me froté bien los ojos. Miré bien. Y vi un extraordinario hombrecito que me examinaba con seriedad. He aquí el mejor retrato que pude luego hacer de él.
Miré entonces esta aparición con los ojos bien abiertos por la sorpresa. No olviden que me encontraba a mil millas de cualquier lugar habitado. Sin embargo mi hombrecito no me parecía ni perdido, ni muerto de cansancio, ni muerto de hambre, ni muerto de sed, ni muerto de miedo. Cuando logré finalmente hablar, le dije:
– Pero… qué haces acá ?
Y entonces me repitió, muy dulcemente, como una cosa muy seria:
– Por favor… dibújame un borreguito…
Cuando el misterio es demasiado impresionante, no es posible desobedecer. Por absurdo que me pareciese a mil millas de todos los lugares habitados y en peligro de muerte, saqué de mi bolsillo una hoja de papel y una pluma.
Dibujé un borreguito. Él lo miró y dijo:
-No, ese está enfermo. Haz otro.
Volví a dibujar, pero tampoco le gustó.
Miró con atención, y luego:
– No! Este ya está muy enfermo. Hazme otro.
Yo dibujé:
Mi amigo sonrió amablemente, con indulgencia:
– Fíjate bien… no es un cordero, es un carnero. Tiene cuernos…
Rehíce entonces nuevamente mi dibujo:
Pero fue rechazado, como los anteriores:
– Este es demasiado viejo. Quiero un cordero que viva mucho tiempo.
Entonces, colmada la paciencia, como tenía apuro en comenzar a desarmar mi motor garabateé este dibujo.
Y le espeté:
– Esta es la caja. El cordero que quieres está adentro.
Pero me sorprendí mucho al ver que se iluminaba el rostro de mi joven juez:
– Es exactamente así que lo quería !
Y fue así como conocí al principito.