Volver a Santo Domingo

Un exjefe terminó convirtiéndose en mi amigo. Después de casi 20 años de conocernos, me pidió un favor importante: diseñar las invitaciones para su boda.

Acepté.

Lo que no esperaba era terminar haciendo algo que hace muchos años juré no volver a hacer: involucrarme directamente con imprentas y procesos de impresión offset. Mi experiencia con ese mundo nunca fue la mejor. Durante mucho tiempo aprendí que, para evitar estrés, desvelos y malos ratos, lo más sano para mí era mantenerme lejos de todo lo relacionado con producción impresa.

Pero era mi amigo. Y ahí estaba nuevamente, caminando por los pasillos de la Plaza de Santo Domingo.

Para quienes no la conocen, Santo Domingo es uno de los lugares más clásicos e históricos de la Ciudad de México para realizar trabajos de impresión. Ahí conviven imprentas, serigrafías, sellos, papelerías y talleres que parecen detenidos en otra época. El olor a tinta, papel y pegamento sigue siendo parte del ambiente. Es un lugar donde todavía sobreviven muchos procesos artesanales y tradicionales de impresión.

Llegué primero a un local donde me sentí cómodo por el trato y el presupuesto. Todo parecía ir bien… hasta que empezaron a aparecer las letras chiquitas. El costo terminaba subiendo casi un 30% más. Me fui.

Entré a otro lugar. Pasó exactamente lo mismo.

Decidí regresar al día siguiente con la cabeza más fría. Mientras tanto, mi amigo comenzaba a presionarme, y lo entendía perfectamente: la cuenta regresiva para una boda no espera a nadie.

Además, para mí había algo todavía más importante. Un amigo es más que un cliente, así que el nivel de compromiso y formalidad es el doble. En mi ética no puedo permitirme fallarle.

Regresé a Santo Domingo dispuesto a preguntar absolutamente todo con detalle. Cantidades, materiales, tiempos reales, acabados, costos ocultos… y por fin encontré un lugar que me dio confianza. Buen precio, buena atención y aparentemente claridad.

Aunque nuevamente aparecieron las famosas letras chiquitas.

El tiempo de entrega era casi de un mes. Después de negociar bastante, logré reducirlo una semana.

Acordamos precio, materiales, cantidad y fecha de entrega. Me fui relativamente tranquilo durante tres semanas.

Tres días antes de la entrega mandé un mensaje para preguntar cómo iba el trabajo.

No respondieron.

El estrés volvió inmediatamente.

Tuve que regresar a Santo Domingo. Pregunté directamente por el trabajo y, con una calma casi provinciana, me dijeron:

—Sí, claro, estará para el día acordado.

Les comenté que no respondían WhatsApp.

—Lo trae mi compañera, escríbale a ella.

Mandé mensaje de prueba y contestaron. Respiré un poco.

La entrega quedó programada para el jueves a las 12 del día. Mi amigo me dijo:

—Te invito a comer y ahí recogemos las invitaciones.

Nos vimos hasta las 3 de la tarde.

Antes de encontrarme con él, pasé al local para revisar cómo iba todo. Alcancé a ver las invitaciones.

—A las 3 queda listo.

Les expliqué que lo necesitaba antes.

—Pase a las 2 y ya está.

Regresé a las 2.

No estaban listas.

De hecho, estaban comiendo.

Les insistí. Les expliqué que mi amigo venía desde Veracruz y que estábamos completamente contra reloj. Nunca sentí que entendieran realmente la urgencia.

Me fui con mi amigo. Comimos una arrachera y una cerveza mientras yo seguía viendo el reloj con ansiedad.

Regresamos por las invitaciones.

Ahora faltaba el listón.

—En diez minutos queda.

Fuimos por una paleta. Regresamos.

Seguía la espera.

Yo ya empezaba a sentir pena con mi amigo por hacerlo esperar tanto tiempo.

Finalmente, cerca de las 5:30 de la tarde, entregaron el trabajo.

Abrimos el paquete. Revisamos las invitaciones.

—¿Cómo las ves? —le pregunté.

—Me gustan.

Fiu…

Respiré.

La entrega había terminado y yo acababa de recordar exactamente por qué dejé de involucrarme con imprentas hace tantos años.

Y quiero dejar algo claro: no hablo mal del gremio impresor. Sería injusto hacerlo. También conocí grandes profesionales en este oficio. Gente extremadamente talentosa y obsesionada con la calidad. Recuerdo, por ejemplo, a la gente de Publibolsas haciendo trabajos impecables, o a “Tintas”, en Etisell, un operador impresionante capaz de igualar colores y manejar máquinas offset gigantes con una precisión brutal.

Existe gente muy buena en este mundo.

Tal vez simplemente nunca logré sincronizarme con los tiempos, la dinámica y la informalidad que tantas veces encontré en él.

Con los años entendí que imprimir no es solamente producir un diseño físico. Es aprender a soltar un poco el control, aceptar que los procesos humanos rara vez son perfectos y recordar que detrás de cada trabajo hay personas, tiempos, errores, prisas y oficios que sobreviven a su manera.

Tal vez por eso sigo admirando el mundo de la impresión, aunque a veces me estrese volver a él.

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